FROILAN SALAYA
froifra@gmail.com
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LA ÉTICA DEL SEXO Y LA EDUCACIÓN TOTAL
La educación total debe asumir y educar sobre lo que es el sexo. Podría decirse que las diversas morales, cada una a su modo, han dado como resultado la civilización de la sexualidad. Ante la actividad sexual de toda índole, han surgido históricamente diferentes regulaciones, las cuales, a manera de costumbre, de ley, de castigo o de orientación, han sometido a cauce la impetuosidad del impulso sexual. La gente se pregunta por la corrección o incorrección del amor libre. Y más tratándose del sexo femenino, de la prostitución, del queridismo, (tener amante o querido), de la masturbación, del baile, del “petting”, de los métodos anticonceptivos, del divorcio, etc. Delante de este cúmulo de preguntas, la educación actual no responde. La historia ha ofrecido una muy variada gama de respuestas, gama también variada a un mismo tiempo, según las diversas geografías y culturas. De ordinario, las prescripciones éticas “haz esto”, evita lo de más allá”, vienen respaldadas por religiones que amparan determinada normativa sexual. Es curioso observar cómo, dentro de una misma historia religiosa, cambia la prescripción ético sexual. Así acontece, por ejemplo, en la historia bíblica. Vemos que en Antiguo Testamento, se permitía la poligamia y el divorcio, mientras que esto estuvo prohibido después del advenimiento del cristianismo, que aún cuando se trata de una religión minoritaria, está enclavado en una geografía imperativa del mundo. De entrada resulta chocante la pluralidad de soluciones que requieren las preguntas hechas a las diversas éticas sociales, pero probablemente todo el mundo esté de acuerdo por lo menos, en que debe existir algo que regule el quehacer sexual, y esto por una observación bien sencilla. Ésta consiste en darse cuenta de que el hombre puede actuar de una manera u otra en el terreno de los hechos, pues puede, por ejemplo, serle fiel a su esposa o no, sin que determinismo alguno prefabrique su actuación. Esto no sucede con los animales, porque los brutos no pueden hacer esto o lo otro, masturbarse o no masturbarse, pongamos por caso. Los animales, a diferencia de los hombres, tienen fatalmente asignado su comportamiento sexual. En los hombres, el estímulo exterior permanece en un punto muerto y la acción vendrá después de la respuesta que les dé su cerebro en la intimidad. Para ponerlo más claro, en el bruto, el circuito estímulo-respuesta forma un todo. Es algo ajustado. En el hombre en cambio, se da una rotura entre estímulo y respuesta y no hay “ajustamiento”, porque el hombre tiene libertad de elección entre posibilidades y el bruto no. Entonces surge algo nuevo para el ser humano, y es que éste puede dejar en suspenso la respuesta a dar, y no obstante, como hay que dar alguna, se ve forzado a preferir entre las posibles respuestas. Pero, ¿preferir según qué?, pues hacerlo con los dados no es serio, en otra fuente tiene que estar el porqué de su conducta. A este hontanar que se sitúa más allá del comportamiento mismo, le llamamos ética. Y la ética se explicita en normas. Cada confesión religiosa tiene su preceptiva al respecto. No nos parece oportuno, en el presente caso, privilegiar los preceptos sexuales de una determinada religión; preferimos caminar por la ética, previo a todo posible conjunto de prescripciones que una agrupación religiosa imponga a sus miembros. De momento nos basta saber que la sexualidad necesita de reglamentaciones en el ámbito humano. ¿Qué puede hacerse sexualmente y qué no? Y ¿por qué? O más radicalmente, ¿por qué no está todo permitido en lo que se refiere a la actividad sexual? ¿Por qué colocarle barreras? He aquí unos cuantos interrogantes que exigen nuestra atención en la educación total. Otra cosa llama la atención respecto de la ética sexual que se ve establecida en nuestra sociedad. Es el fenómeno de la doble moral. Una moral para el sexo masculino y otra para el femenino. Ante las aventuras e intrigas sexuales del varón, fácilmente brota la sonrisa, o cuando menos, la tolerancia; muy otra es la reacción del público cuando se trata de una mujer, y mucho más, si cabe, cuando es cuestión de una joven que ha llegado a ser madre sin ser esposa. En tal circunstancia, no se tiene indulgencia alguna y todo el peso de la moral se deja caer encima de la desventurada. Estas breves reflexiones son una invitación para abordar seriamente el problema de la ética sexual en la educación total, para saber que acontece en el terreno en el que tales desequilibrios pueden observarse, a fin de llegar a una actitud sensata. No es fácil para el alumno, los padres y educadores, internarse por los vericuetos de la moral sexual, porque, aún no tratándose de la casuística, sino de los principios generales reguladores, nos hallamos en una gran confusión. Así como la ética ha alcanzado en otros terrenos un grado de objetividad muy notable, no sucede lo mismo en el campo de lo sexual. Aquí la moral no ha logrado desprenderse completamente del “pensamiento mágico”, propio de los pueblos primitivos y de los niños. Y es porque lo sexual no puede despojarse fácilmente del misterio que lo envuelve. El tabú misterioso, y la prohibición sobrecargada de amenazas angustiosas, son todavía un obstáculo para la mayoría de los mortales y su compendio de ética sexual. Muchos vestirán esta base moral con ropajes de tal o cual credo religioso, pero no pasarán de ser eso, ropajes. Para decirlo de una forma poética. Allá en el fondo, en el mundo de los verdaderos móviles, encontramos el resultado inconsciente de un “súper yo” colectivo, que tiene atenazados a quienes se creen viviendo en el terreno del “logos” de la razón. No es ninguna exageración sostener que la moral sexual anda, de hecho, polarizada a través de los conceptos de mal y de pecado, como si el bien y la virtud estuvieran reñidos con la sexualidad. No ocurre esto en los demás campos éticos en los que se tienen presentes los dos polos, el del bien y el del mal, a fin de formular juicios de valor. El pecado sexual, retiene el monopolio de todo pecado ante algunas personas. Nos hallamos frente a una doble aberración que ha invadido la conciencia de los humanos: en primer lugar, el concepto de “pecado sexual” lo domina todo. Aún (si existe una voluptuosidad en la pareja, por inocente que ésta sea), el de la unión legítima. Y en segundo lugar, lo confusa que es a veces la formulación del imperativo sobre ética sexual. Los criterios de valoración en tal terreno, acostumbran a ser la vergüenza y un sentimiento oscuro de posible castigo. Como bien puede comprenderse, siguiendo por esta línea, resulta imposible superar los criterios de valoración ética con la actual educacion. Ni la angustia, ni la culpabilidad subjetiva, pueden constituirse en valores, por muy unidos que se presenten ambos hechos sexuales. La claridad tiene que buscarse en otras partes. Más todavía, no falta el caso en que angustia, culpabilidad y vergüenza, se convierten en excitantes eróticos, gracias a un proceso que nos recuerda los reflejos condicionados de Pavlov. Ni los mecanismos subconscientes, ni los reflejos condicionados pueden erigirse en regla moral y, no obstante, como debemos regular nuestra actividad sexual, pues no nos viene regulada por la fisiología, tenemos que buscar criterios de comportamiento que sean objetivos y estén alejados de cuánto hemos venido analizando. Pero aplicar estos criterios sólo sirve para deshumanizar al hombre, que está hecho para llevar las riendas de su propia conducta y no para convertirse en juguete de mecanismos fatales y anónimos. En el terreno de los hechos, cuando mas descendemos en la escala animal, mas sometido hallamos el comportamiento sexual al juego de las hormonas; e inversamente, a medida que ascendemos en dicha escala, más el placer sexual se libera del peso hormonal, de suerte que al llegar al plano humano, las hormonas juegan un papel mucho menor e incluyen los estados espirituales. Situados en este punto, el problema ético de la sexualidad se plantea de otra suerte y podría formularse preguntándose por qué el peso de la biología o de la suprabiología es la norma de la conducta sexual. Chauchard afirmaba que, en el ámbito humano, la normalidad biológica y la normatividad ética se implican mutuamente. La reflexión ética supera el puro dato positivo, tanto biológico como psicológico, para adentrarse por tierras extrañas a estas ciencias. A lo sumo, podrá sostenerse que la conducta humana tiene que estar reglamentada éticamente para obtener el óptimo biológico, pero menos correcto resulta decir que la ética tiene que venir regulada por la biología peculiar que se enraíza en la persona y que ésta emerge por encima de lo meramente biológico. Entre lo estrictamente perteneciente a la biología y lo perteneciente a la persona, se producen desfases cronológicos que agravan la problemática de una ética del sexo. Así nos hallamos con que el adolescente es apto para engendrar mucho antes de ser apto para amar de persona a persona. Obsérvese que no decimos enamorarse, sino amar: ambos fenómenos pueden muy bien distinguirse desde el ángulo psicológico. Y sin embargo, seguiremos creyendo que la acción sexual, sea la que sea, no puede realizarse por una simple presión hormonal, sino que tiene que venir exigida por algo más, que nos explique el porqué de la originalidad humana, y aquí la educación total puede ayudar. No creemos proferir un dislate si sostenemos que el amor personal de un “yo” a un “vos”, es fundamental en la relación sexual y que el placer obtenido es instrumental en tal relación, pues juega un papel manifestador del amor para comunicarse. Parece pues, que una primera norma de la conducta sexual, debe deducirse del hecho de que se relacionan “personas”. Podrá hablarse de una cierta inventiva en la ética de la vida sexual, pero siempre la iniciativa tendrá que subordinarse a un dato superior: que la persona, siendo un sujeto, no puede ser tratada como un objeto, porque los objetos se utilizan, pero los sujetos provocan sentimientos. Los objetos son medios útiles para otros fines, no así la persona humana, que siempre debe ser un fin en sí misma. El respeto a los valores del otro debe presidir la normativa sexual. Decía Merleau Ponty, la sexualidad es una forma de existencia, una concreción de ésta. O en una expresión heideggeriana, la sexualidad es uno de los modos de estar en el mundo. Es decir, un problema básico de la existencia es el sexual, entendido como relación con el otro. Una de las modalidades existenciales, es la de “uno para el otro”. Esto es fundamentalmente para la sexualidad. No olvidemos que el sujeto obtiene del “otro” el goce, siempre que se trate de actos sexuales normales y satisfactorios. Toda ética sexual tiene que tener constantemente delante de la vista, el hecho según el cual, el sexo es una realidad relativa, y que la sexualidad relaciona “personas”. Bien es verdad que hasta alcanzar la madurez, el individuo sigue un proceso evolutivo en lo sexual que es un tanto extravagante. Las etapas inmaduras de la sexualidad humana, tendrán que regularse moralmente desde el término y la finalidad de la peripecia evolutiva. No es igual ser individuo que persona, para la educación total. Únicamente desde la moral sexual del adulto, puede contemplarse el púber para formular juicios éticos sobre su comportamiento; será bueno cuando conduce a la sexualidad adulta, y malo cuando de desvía de tal encantamiento. Precisar detalles de una tarea incierta, a menos que se adopte la moral de una confesión religiosa concreta, cosa que aquí no corresponde, ni he querido hacer, a fin de situarnos en aquello común en que deben comulgar las morales sexuales: el sentir y el vivir los hechos, que es idéntico a vivir científicamente. Aún cuando no tengamos conocimientos previos, son los hechos los que nos darán las respuestas. Pero es interesante dejar muy bien sentado el qué y el por qué de la ética sexual adulta, ya que se trata del paradigma de toda forma de moral sexual en la educación. Cada consorte tiene sus deberes respecto del otro. No se responsabiliza tan sólo de uno mismo, sino también de la otra parte, porque cada uno tiene algo que también es del otro. Darse cuenta de esto, no sólo es vivir científicamente, sino también artísticamente, y una expresión educativa de la totalidad. Precisamente, el vivir artísticamente es actuar por lo que se siente en forma sincera y auténtica. No será pues, éticamente bueno, adoptar una resolución egoísta que solamente satisfaga a uno de los amantes, aunque tal actitud se tome bajo una capa de protección religiosa, de promesas y sacrificios. La pareja tiene que consagrarse en el amor único, único factor por otro lado, que facilitará una descendencia mentalmente sana. Una actividad sexual al margen del amor, es actividad fisiológica más que humana, y por lo tanto, descartable éticamente, pues la ética debe empeñarse en hacer cada vez más humanos a los hombres. La apetencia física despojada del amor, pierde todo valor y se reduce a una insignificancia. En cambio, animado por el amor, sirve para expandir las potencialidades humanas. El primer deber que debe presidir las relaciones amorosas, así como también toda relación humana, es el de evitar cualquier daño al otro. Esto implica estar atentos, observarnos permanentemente, sentir pura y auténticamente nuestras prosecuciones mentales, es decir, ser conscientes de los hechos y admitir que la veracidad de las respuestas es dinámica, es decir, cambian de instante en instante. Esto también implica un sentir profundo, es decir, un arte profundo y un advertir los hechos para un razonamiento a fondo, lo cual es también el conocerse totalmente. Más todavía, quien haya madurado su personalidad, quien haya robustecido su intimidad, no va a contentarse con respetar la posible dicha del otro, sino que tratará de acrecentársela hasta procurarle toda la felicidad que pueda. Lo carnal no agota lo inefable de la sexualidad del hombre, sino que pasa a ser el vínculo de que se vale la comunión amorosa, vehículo ciertamente indispensable y sin el cual se predicaría un amor angélico y deshumanizado a la vez. La relación amorosa excluye la tiranía y pide igualdad. Ni los tiranos, ni los esclavos sexuales, respetan la ley fundamental de la ética de los sexos, que es lúcida y dinámica cuando nace del sentir y el darse cuenta de los hechos tal cual son. La ética, no solo ha de contar con la pareja para constituirse, sino que también ha de tener presente a la descendencia y a los demás coetáneos, Vivir de espaldas al mundo es vivir alienado, ya que todos estamos comprometidos en la misma y alucinante aventura de vivir. La moral tendrá que presentar al amor personal entre las parejas, y también la posible llegada de los hijos y la presencia de la sociedad entera con sus complicaciones propias y reales del diario vivir. Tener en cuenta este triángulo, es indispensable para montar una ética que no resulte amputada, y, por lo mismo, monstruosa, y que si la educación es total, podrá evitar. Tener presente a los hijos y a todos los demás en las relaciones sexuales, llevará no pocas veces a preguntarse por el número de hijos a tener. No se puede tener hijos sin importar de que manera y en qué condiciones; como decía Marañón: “el hacer hijos no es una cuestión meramente cuantitativa, sino principalmente cualitativa. La aptitud para concebir debe regularse en forma conveniente para los padres, para sus hijos y para la sociedad. La maternidad y la paternidad deben ser conscientes, racionales, y no meramente fisiológicas. Obligar a los esposos a procrear, quieran o no, sobre la base de prohibir y no difundir los medios reguladores del nacimiento, trae de hecho, por ejemplo un aumento de los abortos y de los adulterios, según se guarde o no la continencia con el consorte. Actualmente ha pasado a ser un hecho de civilización y de cultura. Por esto se legisla sobre este tema. Aún cuando se lo hace pésimamente. También los “otros” cuentan, en el momento de pensar sobre la regulación ética del comportamiento sexual. El marco, por ejemplo de un pueblo primitivo es muy distinto al marco de una ciudad moderna; en uno y otro caso, será diversa la manera en que se hace vivo el principio ético sexual. Las iglesias cristianas han operado en general una separación muy marcada en carne y espíritu, vilipendiando la primera y enalteciendo el segundo. Las herejías gnósticas y maniqueas, son situaciones extremas de esta separación. Las raíces del horror por el cuerpo, las hallaríamos remotamente en las influencias chauvinistas que empezaron a penetrar en Grecia hacia el siglo IX antes de Cristo, procedentes de Tracia y Escitia, y que presentaban una idea del alma como entidad desterrada. Pitágoras, Empédocles, Platón y Plotino, organizaron intelectualmente estas ideas, y de ellas resultó que el cuerpo es el estorbo del alma, del espíritu. Una corriente cristiana y muy poderosa, montó su moral y su ascética sobre esta corriente platónica, e hizo de la carne, el pecado por excelencia. La otra corriente que surge de Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, se inspira en Aristóteles y concibe substancialmente al hombre como un ser único, a la vez cuerpo y espíritu. Pero la primera corriente, la platónica y neoplatónica, ha pesado enormemente en la formación ética de todas las iglesias cristianas, de suerte que hasta la actualidad ha llegado a publicarse que la mujer es el vicio del hombre. Tanto escalofrío han provocado los siglos cristianos, que en esos tiempos, en lugar de usarse la expresión “amor”, (debido a la carga que esta palabra trae de erotismo y de “carne”), han preferido el término caridad, vocablo que si bien es puro por excelencia, está desprovisto de espontaneidad, y exige que se mande para que exista. Se han canonizado mártires, vírgenes, religiosa y viudas penitentes, pero los buenos esposos no han sido presentados como grandes modelos de santidad canonizada. Se trata del miedo a la carne, reliquia de la filosofía griega, más que idea clara del mensaje de Cristo, cuando Éste fue quien más enfatizó sobre el amor. Los católicos, de manera especial, se ven constreñidos por ahora, a confesar que la virginidad está por encima del amor matrimonial, lo que no deja de plantear un problema al intentar elaborar un humanismo cristiano. No nos imaginamos empero, que en la esencia del cristianismo no esté incorporada esta relación entre la materia y el cuerpo. Esto pertenece a la ganga histórica que se ha ido pagando con los tiempos y de la que la iglesia se esfuerza por desprenderse de manera especial en la actualidad. He hecho esta breve incursión por el cristianismo, dado el peso que ejerce su ética sexual, y a los fines de ofrecer elementos de juicio sobre la misma y que la educación total debe propender a desaprenderse. Acabamos de realizar un recorrido por las tierras de la ética de la sexualidad con alusiones a posibles consideraciones teológicas sobre ella. Frente a los impugnadores de todo constreñimiento en materia sexual, hemos impuesto unos principios básicos conductores de la empresa sexual humana. Algunos nostálgicos quisieran barrer todo dique de contención, a fin de gozar de una libertad absoluta que no conozca traba alguna. Pero esta actitud es antihumana, porque no toma en cuenta que el hombre es un ser con fronteras, y que sólo respetándolas se crea una cordura y un orden pleno de libertad, que le permite sobrevivir como hombre. “No todo está permitido”, exclamaba Camus con un grito extremadamente humanista, aunque más intuido que deducido.
La educación total debe asumir y educar sobre lo que es el sexo. Podría decirse que las diversas morales, cada una a su modo, han dado como resultado la civilización de la sexualidad. Ante la actividad sexual de toda índole, han surgido históricamente diferentes regulaciones, las cuales, a manera de costumbre, de ley, de castigo o de orientación, han sometido a cauce la impetuosidad del impulso sexual. La gente se pregunta por la corrección o incorrección del amor libre. Y más tratándose del sexo femenino, de la prostitución, del queridismo, (tener amante o querido), de la masturbación, del baile, del “petting”, de los métodos anticonceptivos, del divorcio, etc. Delante de este cúmulo de preguntas, la educación actual no responde. La historia ha ofrecido una muy variada gama de respuestas, gama también variada a un mismo tiempo, según las diversas geografías y culturas. De ordinario, las prescripciones éticas “haz esto”, evita lo de más allá”, vienen respaldadas por religiones que amparan determinada normativa sexual. Es curioso observar cómo, dentro de una misma historia religiosa, cambia la prescripción ético sexual. Así acontece, por ejemplo, en la historia bíblica. Vemos que en Antiguo Testamento, se permitía la poligamia y el divorcio, mientras que esto estuvo prohibido después del advenimiento del cristianismo, que aún cuando se trata de una religión minoritaria, está enclavado en una geografía imperativa del mundo. De entrada resulta chocante la pluralidad de soluciones que requieren las preguntas hechas a las diversas éticas sociales, pero probablemente todo el mundo esté de acuerdo por lo menos, en que debe existir algo que regule el quehacer sexual, y esto por una observación bien sencilla. Ésta consiste en darse cuenta de que el hombre puede actuar de una manera u otra en el terreno de los hechos, pues puede, por ejemplo, serle fiel a su esposa o no, sin que determinismo alguno prefabrique su actuación. Esto no sucede con los animales, porque los brutos no pueden hacer esto o lo otro, masturbarse o no masturbarse, pongamos por caso. Los animales, a diferencia de los hombres, tienen fatalmente asignado su comportamiento sexual. En los hombres, el estímulo exterior permanece en un punto muerto y la acción vendrá después de la respuesta que les dé su cerebro en la intimidad. Para ponerlo más claro, en el bruto, el circuito estímulo-respuesta forma un todo. Es algo ajustado. En el hombre en cambio, se da una rotura entre estímulo y respuesta y no hay “ajustamiento”, porque el hombre tiene libertad de elección entre posibilidades y el bruto no. Entonces surge algo nuevo para el ser humano, y es que éste puede dejar en suspenso la respuesta a dar, y no obstante, como hay que dar alguna, se ve forzado a preferir entre las posibles respuestas. Pero, ¿preferir según qué?, pues hacerlo con los dados no es serio, en otra fuente tiene que estar el porqué de su conducta. A este hontanar que se sitúa más allá del comportamiento mismo, le llamamos ética. Y la ética se explicita en normas. Cada confesión religiosa tiene su preceptiva al respecto. No nos parece oportuno, en el presente caso, privilegiar los preceptos sexuales de una determinada religión; preferimos caminar por la ética, previo a todo posible conjunto de prescripciones que una agrupación religiosa imponga a sus miembros. De momento nos basta saber que la sexualidad necesita de reglamentaciones en el ámbito humano. ¿Qué puede hacerse sexualmente y qué no? Y ¿por qué? O más radicalmente, ¿por qué no está todo permitido en lo que se refiere a la actividad sexual? ¿Por qué colocarle barreras? He aquí unos cuantos interrogantes que exigen nuestra atención en la educación total. Otra cosa llama la atención respecto de la ética sexual que se ve establecida en nuestra sociedad. Es el fenómeno de la doble moral. Una moral para el sexo masculino y otra para el femenino. Ante las aventuras e intrigas sexuales del varón, fácilmente brota la sonrisa, o cuando menos, la tolerancia; muy otra es la reacción del público cuando se trata de una mujer, y mucho más, si cabe, cuando es cuestión de una joven que ha llegado a ser madre sin ser esposa. En tal circunstancia, no se tiene indulgencia alguna y todo el peso de la moral se deja caer encima de la desventurada. Estas breves reflexiones son una invitación para abordar seriamente el problema de la ética sexual en la educación total, para saber que acontece en el terreno en el que tales desequilibrios pueden observarse, a fin de llegar a una actitud sensata. No es fácil para el alumno, los padres y educadores, internarse por los vericuetos de la moral sexual, porque, aún no tratándose de la casuística, sino de los principios generales reguladores, nos hallamos en una gran confusión. Así como la ética ha alcanzado en otros terrenos un grado de objetividad muy notable, no sucede lo mismo en el campo de lo sexual. Aquí la moral no ha logrado desprenderse completamente del “pensamiento mágico”, propio de los pueblos primitivos y de los niños. Y es porque lo sexual no puede despojarse fácilmente del misterio que lo envuelve. El tabú misterioso, y la prohibición sobrecargada de amenazas angustiosas, son todavía un obstáculo para la mayoría de los mortales y su compendio de ética sexual. Muchos vestirán esta base moral con ropajes de tal o cual credo religioso, pero no pasarán de ser eso, ropajes. Para decirlo de una forma poética. Allá en el fondo, en el mundo de los verdaderos móviles, encontramos el resultado inconsciente de un “súper yo” colectivo, que tiene atenazados a quienes se creen viviendo en el terreno del “logos” de la razón. No es ninguna exageración sostener que la moral sexual anda, de hecho, polarizada a través de los conceptos de mal y de pecado, como si el bien y la virtud estuvieran reñidos con la sexualidad. No ocurre esto en los demás campos éticos en los que se tienen presentes los dos polos, el del bien y el del mal, a fin de formular juicios de valor. El pecado sexual, retiene el monopolio de todo pecado ante algunas personas. Nos hallamos frente a una doble aberración que ha invadido la conciencia de los humanos: en primer lugar, el concepto de “pecado sexual” lo domina todo. Aún (si existe una voluptuosidad en la pareja, por inocente que ésta sea), el de la unión legítima. Y en segundo lugar, lo confusa que es a veces la formulación del imperativo sobre ética sexual. Los criterios de valoración en tal terreno, acostumbran a ser la vergüenza y un sentimiento oscuro de posible castigo. Como bien puede comprenderse, siguiendo por esta línea, resulta imposible superar los criterios de valoración ética con la actual educacion. Ni la angustia, ni la culpabilidad subjetiva, pueden constituirse en valores, por muy unidos que se presenten ambos hechos sexuales. La claridad tiene que buscarse en otras partes. Más todavía, no falta el caso en que angustia, culpabilidad y vergüenza, se convierten en excitantes eróticos, gracias a un proceso que nos recuerda los reflejos condicionados de Pavlov. Ni los mecanismos subconscientes, ni los reflejos condicionados pueden erigirse en regla moral y, no obstante, como debemos regular nuestra actividad sexual, pues no nos viene regulada por la fisiología, tenemos que buscar criterios de comportamiento que sean objetivos y estén alejados de cuánto hemos venido analizando. Pero aplicar estos criterios sólo sirve para deshumanizar al hombre, que está hecho para llevar las riendas de su propia conducta y no para convertirse en juguete de mecanismos fatales y anónimos. En el terreno de los hechos, cuando mas descendemos en la escala animal, mas sometido hallamos el comportamiento sexual al juego de las hormonas; e inversamente, a medida que ascendemos en dicha escala, más el placer sexual se libera del peso hormonal, de suerte que al llegar al plano humano, las hormonas juegan un papel mucho menor e incluyen los estados espirituales. Situados en este punto, el problema ético de la sexualidad se plantea de otra suerte y podría formularse preguntándose por qué el peso de la biología o de la suprabiología es la norma de la conducta sexual. Chauchard afirmaba que, en el ámbito humano, la normalidad biológica y la normatividad ética se implican mutuamente. La reflexión ética supera el puro dato positivo, tanto biológico como psicológico, para adentrarse por tierras extrañas a estas ciencias. A lo sumo, podrá sostenerse que la conducta humana tiene que estar reglamentada éticamente para obtener el óptimo biológico, pero menos correcto resulta decir que la ética tiene que venir regulada por la biología peculiar que se enraíza en la persona y que ésta emerge por encima de lo meramente biológico. Entre lo estrictamente perteneciente a la biología y lo perteneciente a la persona, se producen desfases cronológicos que agravan la problemática de una ética del sexo. Así nos hallamos con que el adolescente es apto para engendrar mucho antes de ser apto para amar de persona a persona. Obsérvese que no decimos enamorarse, sino amar: ambos fenómenos pueden muy bien distinguirse desde el ángulo psicológico. Y sin embargo, seguiremos creyendo que la acción sexual, sea la que sea, no puede realizarse por una simple presión hormonal, sino que tiene que venir exigida por algo más, que nos explique el porqué de la originalidad humana, y aquí la educación total puede ayudar. No creemos proferir un dislate si sostenemos que el amor personal de un “yo” a un “vos”, es fundamental en la relación sexual y que el placer obtenido es instrumental en tal relación, pues juega un papel manifestador del amor para comunicarse. Parece pues, que una primera norma de la conducta sexual, debe deducirse del hecho de que se relacionan “personas”. Podrá hablarse de una cierta inventiva en la ética de la vida sexual, pero siempre la iniciativa tendrá que subordinarse a un dato superior: que la persona, siendo un sujeto, no puede ser tratada como un objeto, porque los objetos se utilizan, pero los sujetos provocan sentimientos. Los objetos son medios útiles para otros fines, no así la persona humana, que siempre debe ser un fin en sí misma. El respeto a los valores del otro debe presidir la normativa sexual. Decía Merleau Ponty, la sexualidad es una forma de existencia, una concreción de ésta. O en una expresión heideggeriana, la sexualidad es uno de los modos de estar en el mundo. Es decir, un problema básico de la existencia es el sexual, entendido como relación con el otro. Una de las modalidades existenciales, es la de “uno para el otro”. Esto es fundamentalmente para la sexualidad. No olvidemos que el sujeto obtiene del “otro” el goce, siempre que se trate de actos sexuales normales y satisfactorios. Toda ética sexual tiene que tener constantemente delante de la vista, el hecho según el cual, el sexo es una realidad relativa, y que la sexualidad relaciona “personas”. Bien es verdad que hasta alcanzar la madurez, el individuo sigue un proceso evolutivo en lo sexual que es un tanto extravagante. Las etapas inmaduras de la sexualidad humana, tendrán que regularse moralmente desde el término y la finalidad de la peripecia evolutiva. No es igual ser individuo que persona, para la educación total. Únicamente desde la moral sexual del adulto, puede contemplarse el púber para formular juicios éticos sobre su comportamiento; será bueno cuando conduce a la sexualidad adulta, y malo cuando de desvía de tal encantamiento. Precisar detalles de una tarea incierta, a menos que se adopte la moral de una confesión religiosa concreta, cosa que aquí no corresponde, ni he querido hacer, a fin de situarnos en aquello común en que deben comulgar las morales sexuales: el sentir y el vivir los hechos, que es idéntico a vivir científicamente. Aún cuando no tengamos conocimientos previos, son los hechos los que nos darán las respuestas. Pero es interesante dejar muy bien sentado el qué y el por qué de la ética sexual adulta, ya que se trata del paradigma de toda forma de moral sexual en la educación. Cada consorte tiene sus deberes respecto del otro. No se responsabiliza tan sólo de uno mismo, sino también de la otra parte, porque cada uno tiene algo que también es del otro. Darse cuenta de esto, no sólo es vivir científicamente, sino también artísticamente, y una expresión educativa de la totalidad. Precisamente, el vivir artísticamente es actuar por lo que se siente en forma sincera y auténtica. No será pues, éticamente bueno, adoptar una resolución egoísta que solamente satisfaga a uno de los amantes, aunque tal actitud se tome bajo una capa de protección religiosa, de promesas y sacrificios. La pareja tiene que consagrarse en el amor único, único factor por otro lado, que facilitará una descendencia mentalmente sana. Una actividad sexual al margen del amor, es actividad fisiológica más que humana, y por lo tanto, descartable éticamente, pues la ética debe empeñarse en hacer cada vez más humanos a los hombres. La apetencia física despojada del amor, pierde todo valor y se reduce a una insignificancia. En cambio, animado por el amor, sirve para expandir las potencialidades humanas. El primer deber que debe presidir las relaciones amorosas, así como también toda relación humana, es el de evitar cualquier daño al otro. Esto implica estar atentos, observarnos permanentemente, sentir pura y auténticamente nuestras prosecuciones mentales, es decir, ser conscientes de los hechos y admitir que la veracidad de las respuestas es dinámica, es decir, cambian de instante en instante. Esto también implica un sentir profundo, es decir, un arte profundo y un advertir los hechos para un razonamiento a fondo, lo cual es también el conocerse totalmente. Más todavía, quien haya madurado su personalidad, quien haya robustecido su intimidad, no va a contentarse con respetar la posible dicha del otro, sino que tratará de acrecentársela hasta procurarle toda la felicidad que pueda. Lo carnal no agota lo inefable de la sexualidad del hombre, sino que pasa a ser el vínculo de que se vale la comunión amorosa, vehículo ciertamente indispensable y sin el cual se predicaría un amor angélico y deshumanizado a la vez. La relación amorosa excluye la tiranía y pide igualdad. Ni los tiranos, ni los esclavos sexuales, respetan la ley fundamental de la ética de los sexos, que es lúcida y dinámica cuando nace del sentir y el darse cuenta de los hechos tal cual son. La ética, no solo ha de contar con la pareja para constituirse, sino que también ha de tener presente a la descendencia y a los demás coetáneos, Vivir de espaldas al mundo es vivir alienado, ya que todos estamos comprometidos en la misma y alucinante aventura de vivir. La moral tendrá que presentar al amor personal entre las parejas, y también la posible llegada de los hijos y la presencia de la sociedad entera con sus complicaciones propias y reales del diario vivir. Tener en cuenta este triángulo, es indispensable para montar una ética que no resulte amputada, y, por lo mismo, monstruosa, y que si la educación es total, podrá evitar. Tener presente a los hijos y a todos los demás en las relaciones sexuales, llevará no pocas veces a preguntarse por el número de hijos a tener. No se puede tener hijos sin importar de que manera y en qué condiciones; como decía Marañón: “el hacer hijos no es una cuestión meramente cuantitativa, sino principalmente cualitativa. La aptitud para concebir debe regularse en forma conveniente para los padres, para sus hijos y para la sociedad. La maternidad y la paternidad deben ser conscientes, racionales, y no meramente fisiológicas. Obligar a los esposos a procrear, quieran o no, sobre la base de prohibir y no difundir los medios reguladores del nacimiento, trae de hecho, por ejemplo un aumento de los abortos y de los adulterios, según se guarde o no la continencia con el consorte. Actualmente ha pasado a ser un hecho de civilización y de cultura. Por esto se legisla sobre este tema. Aún cuando se lo hace pésimamente. También los “otros” cuentan, en el momento de pensar sobre la regulación ética del comportamiento sexual. El marco, por ejemplo de un pueblo primitivo es muy distinto al marco de una ciudad moderna; en uno y otro caso, será diversa la manera en que se hace vivo el principio ético sexual. Las iglesias cristianas han operado en general una separación muy marcada en carne y espíritu, vilipendiando la primera y enalteciendo el segundo. Las herejías gnósticas y maniqueas, son situaciones extremas de esta separación. Las raíces del horror por el cuerpo, las hallaríamos remotamente en las influencias chauvinistas que empezaron a penetrar en Grecia hacia el siglo IX antes de Cristo, procedentes de Tracia y Escitia, y que presentaban una idea del alma como entidad desterrada. Pitágoras, Empédocles, Platón y Plotino, organizaron intelectualmente estas ideas, y de ellas resultó que el cuerpo es el estorbo del alma, del espíritu. Una corriente cristiana y muy poderosa, montó su moral y su ascética sobre esta corriente platónica, e hizo de la carne, el pecado por excelencia. La otra corriente que surge de Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII, se inspira en Aristóteles y concibe substancialmente al hombre como un ser único, a la vez cuerpo y espíritu. Pero la primera corriente, la platónica y neoplatónica, ha pesado enormemente en la formación ética de todas las iglesias cristianas, de suerte que hasta la actualidad ha llegado a publicarse que la mujer es el vicio del hombre. Tanto escalofrío han provocado los siglos cristianos, que en esos tiempos, en lugar de usarse la expresión “amor”, (debido a la carga que esta palabra trae de erotismo y de “carne”), han preferido el término caridad, vocablo que si bien es puro por excelencia, está desprovisto de espontaneidad, y exige que se mande para que exista. Se han canonizado mártires, vírgenes, religiosa y viudas penitentes, pero los buenos esposos no han sido presentados como grandes modelos de santidad canonizada. Se trata del miedo a la carne, reliquia de la filosofía griega, más que idea clara del mensaje de Cristo, cuando Éste fue quien más enfatizó sobre el amor. Los católicos, de manera especial, se ven constreñidos por ahora, a confesar que la virginidad está por encima del amor matrimonial, lo que no deja de plantear un problema al intentar elaborar un humanismo cristiano. No nos imaginamos empero, que en la esencia del cristianismo no esté incorporada esta relación entre la materia y el cuerpo. Esto pertenece a la ganga histórica que se ha ido pagando con los tiempos y de la que la iglesia se esfuerza por desprenderse de manera especial en la actualidad. He hecho esta breve incursión por el cristianismo, dado el peso que ejerce su ética sexual, y a los fines de ofrecer elementos de juicio sobre la misma y que la educación total debe propender a desaprenderse. Acabamos de realizar un recorrido por las tierras de la ética de la sexualidad con alusiones a posibles consideraciones teológicas sobre ella. Frente a los impugnadores de todo constreñimiento en materia sexual, hemos impuesto unos principios básicos conductores de la empresa sexual humana. Algunos nostálgicos quisieran barrer todo dique de contención, a fin de gozar de una libertad absoluta que no conozca traba alguna. Pero esta actitud es antihumana, porque no toma en cuenta que el hombre es un ser con fronteras, y que sólo respetándolas se crea una cordura y un orden pleno de libertad, que le permite sobrevivir como hombre. “No todo está permitido”, exclamaba Camus con un grito extremadamente humanista, aunque más intuido que deducido.

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