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miércoles, 31 de enero de 2018

COMO CULTIVAR LOS VALORES EN ESTA EDUCACIÓN TOTAL





FROILAN SALAYA

froifra@gmail.com

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COMO CULTIVAR LOS VALORES EN ESTA  EDUCACIÓN TOTAL         

  El extraordinario significado de los valores en la vida cotidiana, ensancha el espíritu y genera un bienestar propio, que se hace extensivo a todos. Asimismo, se rompen los egoísmos. Haz al prójimo lo que quieres que el prójimo te haga, fue una valoración aconsejada por Cristo. No es necesario que nos elijan embajador de Francia, o embajador de la sociedad de los nobles, para emplear esta filosofía de aprecio hacia los demás. Todos los días y a cada instante, se pueden obtener resultados mágicos con ella. Frases simples como lamento molestar, por favor, gracias, tenga la bondad, hacen genialmente placenteras nuestras relaciones. Tal es el poder estupendo cuando estas frases se dicen con apreciación sincera.            Cada nación se cree superior a otras y cuando se descuidan los modos y valores espirituales de la cortesía, esto da origen a patriotismos y guerras. Emerson dijo: “todos los hombres que encuentro son superiores a mí en algún sentido, y en tal sentido, puedo aprender de todos”. Pero lo patético es que las personas sin valores se sienten más importantes y tratan de apagar la verdad de su propia insignificancia mediante la clamorosa y tumultuosa muestra exterior de envanecimiento, que resulta siempre ofensiva y vergonzosa. Llegamos al matrimonio y nos descuidamos de tener primero los valores que este acto requiere. Es decir, no sabemos pronunciar palabras dulces, halagüeñas y ensalzar el amor. Si usted quiere darse y dar un festín todos los días, no censure la forma en que su mujer atiende la casa, ni haga comparaciones odiosas con su madre. Por el contrario, elogie sus cualidades, nunca reproche sus defectos. Exprésele su satisfacción por haberse casado con la única mujer que combina los atractivos de Venus y Minerva con cualidades de tan excelente ama de casa. Llévele rosas, sonrisas y palabras  cálidas cuando regrese a su casa. Un hombre conquistó los ahorros y los corazones de más de veinte mujeres. Todo lo que hizo para lograrlo fue hablar bien de ellas. De manera que si desea ser amado y considerado por su mujer, haga que ella se sienta importante. Pero cuando lo haga, hágalo sinceramente. Esta filosofía genera resultados mágicos en todo tipo de relación. La falta de valores nos lleva a la perdición y nos impide tener relaciones tan eficaces como felices. Si por el contrario nos irritamos y decimos las cosas que a la gente no le agrada, lo pasaremos bien mientras descarguemos nuestro veneno. Eso no es relacionarnos ni compartir el placer de relacionarnos. Sólo es hostilidad de nuestros arranques belicosos. Ello no nos ayudará a comprender los desacuerdos, muchas veces inevitables y necesarios. Cómo nos relacionamos es un importante componente de la educación total.          Para llevar a buen término un acuerdo,  es fundamental adoptar una actitud amistosa que permitan que nuestras ideas aparezcan como propias de la otra parte. Dijo Lao tsé: “La razón por la cual los ríos y los mares reciben el homenaje de cien torrentes de las montañas, es que se mantienen por debajo de ella. Así son capaces de reinar sobre todos los torrentes de las montañas. De igual modo, el sabio que desea estar por encima de los hombres, estos no sienten su peso; aunque su lugar esté delante de ellos, no lo toman como un insulto”. Si nos proponemos cambiar un punto de vista o una posición de los demás sin ofenderlos, debemos empezar asumiendo una actitud de respeto y aceptación hacia la otra persona. Su reacción dependerá siempre de nuestra actitud. Es fundamental llamar la atención sobre los errores de los demás, si, pero haciéndolo indirectamente y de tal modo que ellos mismos infieran. Hablar primero de nuestros errores, permite a la otra parte a comprender los propios y revertir situaciones litigiosas. No resulta difícil escuchar una  relación de los defectos propios, si el que la hace empieza admitiendo humildemente que él también está muy lejos de ser perfecto. Es preferible hablar primero de nuestros defectos y errores, antes de criticar al prójimo. Por otra parte, a nadie le agrada recibir órdenes.           Es  más efectivo hacer preguntas en lugar de dar órdenes directas. Cuan vitalmente importante resulta esto y cuan poco nos detenemos a pensarlo. Criticamos a un niño o a un empleado frente a los demás sin pensar que herimos su orgullo, mientras que al contrario, unas palabras de aliento y consideración, resultan  un auténtico alivio a las heridas que provocamos. ¿No resulta más sagaz sugerir y dejar que los demás lleguen por sí solos a los resultados que uno mismo quiere obtener?. Nadie quiere sentir que se le quiere obligar a comprar o hacer una cosa determinada. Todos preferimos creer que compramos lo que se nos antoja y aplicamos nuestras ideas. Roosvelt se esforzaba en consultar a los demás y demostraba respeto por sus consejos. El gran secreto de Sócrates era que siempre empezaba destacando los puntos en que estaba de acuerdo, para así lograr que las otras personas digan reiteradamente sí, y evitaba que dijeran no. Cuando una persona ha dicho no, todo el orgullo que hay en su yo, exige que sea consecuente con el no. Son muy claros los patrones psicológicos. Cuando una persona ha dicho no, en realidad ha hecho mucho más que pronunciar una palabra de apenas dos letras. Sus glándulas, nervios y músculos se aúnan en un estado de rechazo. Todo el sistema se pone en guardia contra la aceptación. Es por eso que un orador hábil, logra que su auditorio diga y sienta reiteradamente sí. Todo el organismo se pone en movimiento positivo de aceptación y apertura para lograr nuestra proposición final. Los chinos dicen que quien pisa con suavidad, va lejos. Han pasado cinco mil años estudiando la naturaleza humana, demuestran respeto por las opiniones ajenas y jamás le dicen al prójimo que se equivoca. La autobiografía de Benjamín Franklin explica como vencer el hábito de disentir y transformarse en diplomático y suave para con los demás. Cuando alguien expresa dudas acerca de cualquiera de nuestras presunciones, nos lleva a buscar toda suerte de excusas para aferrarnos a ellas. La mayor parte de lo que llamamos razonamiento, consiste en encontrar argumentos para seguir creyendo en lo que ya creemos. Es evidente  que lo que nos resulta caro no son las ideas, sino nuestra estima personal. La palabra no es muy importante en los asuntos humanos, lo más importante es advertirlo. Cuando nos equivocamos, a veces lo admitimos por dentro, pero no tenemos el valor de hacerlo en público. Pocas personas son lógicas. Se dice que el sentido común es el menos común de los sentidos.             Casi todos tenemos prejuicios y preconceptos que nos toman extemporáneos, sin valores, y por lo tanto, sin cordura. Si usted suele decirle a los demás que se equivocan, está perdido, los enoja, y la imputación les endurece el corazón. De esta manera se va perdiendo la práctica de los valores correspondientes a cada caso. A usted le gustaría pensar según el método científico, ¿no es así?... aparte de usted mismo, nadie se lo impide. Advierta que no se verá en aprietos por admitir que se equivoca. Esto detiene las discusiones estériles y da al prójimo el deseo de ser justo y ecuánime. Los otros advertirán que también pueden estar equivocados. Si usted advierte que la otra parte se equivoca, ha de ser tan sabio para no decírselo abiertamente, pero puede hacerlo indirectamente. El refrán dice que se ha de enseñar como si no se lo estuviera haciendo y proponer cosas ignoradas como si fueran olvidadas. Si se debe demostrar algo sin que nadie lo sepa, es necesario hacerlo sutilmente, de tal modo que nadie sepa que lo está haciendo. Nunca empiece diciendo: le voy a demostrar tal o cual cosa, esto estará muy mal. Sonará como decir: soy más astuto que ustedes, y resultan ser desafíos que despiertan la oposición. Así se logra que quien nos escuche, solo quiera reñir. Por el contrario, si usted apela a los valores de la Divinidad, hará que las personas se sientan valoradas. Así sienten que los demás sientan que usted se interesa auténticamente por ellos. Quizás aquí quepa lo dicho cien años antes de Cristo por el gran poeta Pablo Siro: “Nos interesan los demás cuando se interesan por nosotros. Si usted quiere lograr una apertura efectiva y una personalidad agradable en las relaciones humanas, tome y practique los valores los valores que indica la Divinidad. Estos se pueden aplicar al trabajo, la investigación, los negocios, la conquista de mujeres, etc., y los resultados son siempre mágicos e infalibles. Ello nos da fuerzas también para obtener amigos, dedicándonos a hacer cosas que requieren tiempo y altruismo. El individuo que no se interesa por sus semejantes, es quien tiene las mayores dificultades en la vida y causa las mayores heridas a los demás.          De ellos surgen infinidad de fracasos sociales. Por qué habrá de interesarse por usted  el prójimo si usted primero no se interesa por él? El mundo está repleto de personas egoístas y aprovechadoras. Los pocos individuos que sin egoísmos tratan de servir a los demás, no tienen competencia y tienen grandes ventajas, Young dijo: “el hombre que se pueda poner en el lugar de los demás y que pueda comprender las prosecuciones de la mente ajena, no tiene que preocuparse por su futuro”. Existe un secreto casi mágico para tratar a la gente, y es que los demás sienten el gran deseo de hacer algo. ¿Qué es ese algo?. Entre sólo algunas cosas puedo citar: la satisfacción sexual, el buen sueño, los buenos alimentos, mucho dinero para obtener las cosas que con él se obtienen, vida en el más allá, sentido de la propia importancia, etc. Si fuéramos iguales a los animales, no sentiríamos por ejemplo, ese deseo de ser importantes. Hoy sería imposible que dispusiéramos de nuestro singular y personal carácter. Hay personas que se convierten en inválidas para obtener importancia, simpatía, atención, y lograr así sus deseos. Nuestra máxima capacidad para motivar y despertar entusiasmo, es la mejor forma de desarrollar lo mejor que hay en nosotros. Para ello será bueno que olvidemos la adulación  y demos pruebas de apreciaciones honradas de las cualidades ajenas. Seamos calurosos en la apreciación, abundantes en los elogios, y la gente acogerá con cariño nuestras palabras y las atesorará. Las repetirá toda una vida, años después de haberlas olvidado nosotros. Hablo de una nueva forma de vivir. Es decir, vivir realmente en sociedad, vivir con los otros, abandonar la soledad y el egoísmo invalidante para cultivar una actitud mental distinta, que nos de felicidad y paz, para disfrutar de toda nuestra existencia. William James hablaba de los hombres que nunca se habían encontrado a sí mismos, cuando declaró que el hombre medio desarrolla apenas el diez por ciento de su capacidad mental latente. Si calculamos lo que podemos llegar a ser, encontraremos que sólo estamos apenas despiertos. Hemos sido hechos de un modo que asusta y maravilla a la vez. Decía Emerson: “Llega un momento en la educación de todo hombre, donde la envidia se reconoce como la ignorancia, de que la imitación es un complemento; de que el hombre tiene que tomarse a sí mismo para bien o para mal, aunque el proceder inverso esté lleno de riquezas, ningún grano nutritivo puede llegar a uno si no es a través del trabajo. Siempre y cuando abandonemos las imitaciones, nos encontraremos a nosotros mismos. Aquí nos daremos cuenta de que somos un diamante en bruto. La talla del mismo implica orden y libertad, e implícitamente la libertad implica orden. El orden y el trabajo, son las primeras leyes del cielo y del universo todo. Es común ver una imagen de desorden cuando un escritorio está atestado de papeles. Esto explica que no se hagan las cosas por orden de importancia y porque postergamos siempre nuestro trabajo. Es decir, hay desorden y trabajo incumplido que no se resuelve en tiempo y forma. Cuando nuestra capacidad o tiempo no alcanzan, hay que aprender a delegar. En caso contrario, los detalles y la confusión impedirán que su acción sea eficaz. Esto causa agotamiento y crea preocupaciones y tensiones que podemos evitar. Muchas personas se agotan, enferman y nunca rinden resultados satisfactorios ni de importancia. En cambio hay gente que sabe delegar, organizar e inspeccionar. Hace así el trabajo, no se agobia, y resulta victoriosa en todo sentido. La fatiga y el cansancio provienen de nuestras tensiones mentales, emocionales y psicológicas. Esto afirma el Doctor Brill, que fue una de las más importantes autoridades de la psiquiatría americana. La alegría, la satisfacción, etc., nunca producen cansancio. En cambio el aburrimiento, la ira, la codicia, etc., sí,  y nos producen jaquecas y tensiones nerviosas en todo el cuerpo. Es que la salud en el alma  es inquebrantable y total. Pero a veces, la universal creencia de que el trabajo duro exige esfuerzo para hacerlo mejor, hace que todos nuestros reflejos inconscientes, tensen todo nuestro ser de un modo innecesario. Para esto, usted tendrá que cambiar las costumbres… y valdrá la pena, porque así podrá revolucionar su vida de un modo positivo.            El descanso es la ausencia de toda tensión y de todo esfuerzo, aún durante la ejecución del trabajo. Aprenda a medir los resultados de su acción en la medida en que menos cansado se encuentre. Realmente no nos cansamos cuando logramos hacer del trabajo una cosa interesante, excitante y altruista. Recuerde que aún el trabajo más insignificante es un servicio a todos y es una oportunidad única de ayudar y devolver a los demás todo lo que de ellos recibimos a cada instante de nuestra existencia. Si actuamos como si el trabajo que realizamos fuera muy útil e interesante, el cansancio y la fatiga desaparecen. Nuestra vida es la obra de nuestros pensamientos de cobardía, mezquindad, o vigor, felicidad, bondad, valentía, etc. Si nuestros valores o pensamientos están acertados, cualquier trabajo resultará agradable y reparador. Pero a veces nuestras ambiciones son desmedidas y trabajamos no contando lo que tenemos como bueno, sino que lo hacemos contando nuestros males y nuestras pseudo carencias. Esto nos vuelve resentidos. Así no advertimos nuestras críticas injustas, que resultan con frecuencia cumplidos disfrazados. Aún cuando seamos criticados y calumniados, engañados o traicionados, no es bueno incurrir en orgías de lamentaciones.          En el espíritu de la Diinidad está la totalidad de los valores. Ella es idéntica a como siente y piensa, a cómo actúa o como habla; es la unidad de los valores. Es por eso que jamás se contradice. Su máxima aspiración respecto de nosotros, es que tengamos valores y vivamos en concordancia con ellos. Ello implica un vivir auténtico y único. La espiritualidad de la Diviniad, es su capitalización en valores. Ella sabe que valores tiene, por qué los tiene, para qué los tiene y los expresa en pleno tras sus múltiples manifestaciones. Por algo Rut y Burrel han descubierto, mediante amplios estudios estadísticos, que los estudiantes íntegramente inteligentes tenían valores, sabían cómo explicarlos y cómo vivir cotidianamente con ellos. L.E. Raths, M. Harmin y S. B. Simón, por otra parte, instan a desarrollar proyectos de acción solidaria y socialmente activos a través de la educación. Como ayudar a los que no tienen techo, comida, vestido, salud, etc. Es decir, como aprender a estar vivos y bien despiertos en la realidad inmanente de los que sufren. O sea como vivir al unísono con el devenir real. Ello implica estar de acuerdo con el espíritu de esta gran “Divinidad”. Ella quiere compartir sus valores con nosotros. Para ello quiere saber cómo son los nuestros para ayudarnos a ser mejores cada día. Quiere ayudarnos a conocer la realidad y comprenderla. Constantemente quiere ayudarnos a que seamos una “diosa” más; una entidad refulgente de luz, amor y fuerza. Los valores son nuestra vida a través del tiempo y del espacio de la ciencia, de la mística, el arte, el trabajo, la familia, el sexo, etc.          La deficiente satisfacción de las necesidades sexuales, debilita la expresión de otras necesidades. Ello se debe a que la sociedad, la política, las leyes, la familia, los gobiernos, los educadores, las religiones, etc., en gran medida carecen de valores en cuanto a la sexualidad, o los han falseados por intereses facciosos o mezquinos. Es subvertir los valores implícitos en el espíritu de la “Divinidad”. “Ella” es el tercer escalón en la verticalidad de las deidades divinas y el sexo es para “ella” la máxima expresión del sentir de las energías vivientes. Es el “espíritu santo”, es decir, “la tercera persona de la santísima trinidad” y la “Divinidad” del sentir mismo. Es lo que negamos y subvertimos cuando bastardeamos el sexo.          Las clases sociales, las costumbres sociales, etc., atentan contra el amor como si en el amor existieran lados ocultos, o satánicos. Es que en el sexo prescindimos del tiempo, y éste no se detiene. En el sexo no existe ni futuro ni pasado. El sexo es el aquí y ahora. Con el sexo perdemos el ego. Es que si por un solo momento podemos permanecer sin sexo, entonces no necesitamos sexo, puesto que sexo y atemporalidad son una misma y única realidad, como lo son la vida y la muerte.          En el sexo perdemos, las culturas, las apariencias, en fin, todo aquello que pertenece al tiempo. Pasamos a ser al unísono, el todo: las plantas, los animales y las galaxias. Todo es parte nuestra. Una energía que es viva, actúa inteligentemente con el sexo y controla la actividad de toda nuestra materia viviente de un punto a otro, la revisa y la purifica. Es decir, establecemos un vínculo con nuestro eslabón perdido de evolución espiritual humana que puede curarnos el espíritu para remediar nuestros males corporales.                         Será entonces necesario y conveniente tomar en cuenta estas circunstancias, y para ello daremos aquí, indicaciones de adaptaciones urbanísticas en los modos y comportamientos sociales.          También trataremos el tema estético, corporal, espiritual, erótico, sensual, etc.         En el arte se expresa lo más sublime del alma de cada individuo. La sociedad toda no es nada sin el individuo, que es su célula, su unidad y su esencia. Permanentemente estamos reclamando soluciones y modificaciones de forma, pero nunca nos abrimos a soluciones de fondo. Una auténtica revolución que sea verdadera y durable, no puede surgir de resolver cuestiones de consecuencias; hay que atender las causas. Pero atender las causas implica atender primero al individuo. Sin atender la parte constitutiva y básica de la sociedad, no puede haber solución alguna. Las reformas administrativas sólo provocarán reformas de las reformas anteriores de un modo indefinido e inútil. Esto sólo trae más confusión, desasosiego, violencia, desamor e incomprensión del proceso total del vivir; cuando no corrupción, falta de moral y solidaridad social. Estas situaciones están desbastando el proceso social de un modo agobiante y masoquista para todo el mundo.          Vemos constantemente individuos temerosos, sin valores ni valentía; que no aman y que no expresan la belleza artística que el arte de vivir les brinda cotidianamente. Hombres que se deprimen, que dudan, que se estresan y están en constante crisis de fe, sin Dios y sin rumbo. Esto es realmente un despropósito, es cobardía, es confusión, falta de arte y también falta de amor. El hombre así se debilita y divide en mil fracciones y tiene que vivir en constante dicotomía entre pobres y ricos, homosexuales y heterosexuales, patrones y empleados, profesionales y rasos, etc. Así se debilita tanto como divisiones hace. Deja de ser la fortaleza del todo para ser sólo una parte alienada y alienante. Por esto sufre y hace sufrir a los demás. Es un ámbito de inseguridad psicológica y real donde se generan la superstición, la duda, la crueldad antisocial, la represión y las guerras. En su totalidad, esto se puede definir como la falta de esclarecimiento de los valores, es decir, falta de conocimiento propio y desamor.          De esta manera se da lugar a las falsas partidocracias y plutocracias, a las autoridades y a leyes que muchas veces no hacen otra cosa que sustituir la verdad. Y debe considerarse que cuando hay verdad hay orden, libertad, energía, dinamismo y salud. Cuando hay verdad, desaparece el tiempo, la ansiedad, el deseo, el temor y todo se halla implícito en el amor por la vida misma. Para que esto no se transforme en fealdad a través del roce antisocial, es necesario que cada uno de nosotros se transforme en un elemento gratificante y seductor.

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